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El orden social tiende al caos

Para que la sociedad funcione como conglomerado armónico se requiere del establecimiento y respeto de un marco regulador, aceptado y acatado por todos sus miembros, de manera general, sin privilegios ni excepciones.

Si eso causa molestias individuales debe entenderse como el costo de oportunidad personal, para lograr el bienestar colectivo y el mejoramiento del nivel de vida social.

Las leyes, normas y reglamentos limitan las acciones de quienes viven en la sociedad.  Al momento de irrespetar tales linderos se promueve el caos.  Si bien nadie puede asegurar con absoluta solvencia no haber roto una norma, aunque sea alguna vez en la vida, quebrantar el orden constantemente es el inicio del desorden colectivo.

Por eso, en sociedades avanzadas los semáforos, las paradas de buses, las vías de circulación, así como las leyes que regulan al tráfico, se respetan.

Es decir, no se debe pasar una luz roja del semáforo porque la norma así lo establece.  No importa si no viene un auto en la otra vía.  No importa si dicho vehículo está lejos de la intersección.  No importa si son las dos de la madrugada.  Cualquier racional con matices de excusa, no tiene peso más allá de la ley.

Otro caso digno ejemplo de nuestra débil estructura social es el comportamiento errático, imprudente y temerario de los taxistas en las horas pico en avenidas como La Reforma.  Meterse por donde hay un espacio reservado para otros usos, dar vueltas en U donde está prohibido hacer esa maniobra, o utilizar los estacionamientos como un carril adicional son acciones que expresan las pésimas habilidades de tales conductores y, más allá de ellas, su discutible capacidad para convivir con otras personas en un contexto respetuoso.

Por otro lado, no hace falta un estudio formal para asegurar que los choferes de buses, microbuses, taxis y similares son quienes más infracciones cometen por kilómetro recorrido.  Sin embargo, parece que las autoridades les han dado una Licencia de Conducción Tipo C, porque “se les permite parar donde quieran”, “se les deja virar donde se les antoje”, “se les autoriza lastimar a peatones y otros conductores”, “se les consiente que maten a otros humanos” y “se les deja hacer lo que quieran”, todo, desde luego, ante la mirada y el silencio cómplice de la Policía Municipal de Tránsito. 


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