| La diferencia entre poder y saber | |
|
No asombra que nuestros conductores apenas puedan manejar, debido a que, si asistieron a una academia, fue sólo porque es un requisito para obtener la licencia, ya que la gran mayoría aprendieron a manejar por su cuenta. Lo sorprendente es que un autodidacta pretenda tener las habilidades que se enseñan a través de un sistema educativo. Peor aún, es el hecho de que haya personas con licencia para conducir, sin que nunca hayan estado tras un volante.
Es más, muchas de las academias de conducción tienen como instructores a ex alumnos de otras academias, quienes en realidad sólo transmiten malos hábitos, los cuales se van multiplicando exponencialmente a medida de que se transmiten de uno a otro alumno.
Esto hace evidente la falta de auténticos instructores cuya formación sea producto de estudios adecuados o de la aplicación de sistemas de comprobada validez, adaptados a nuestra sociedad, en caso de haber sido desarrollados en el extranjero.
Si la educación escolar es indispensable para elevar el nivel de vida, también debe ser requerida para aprender a manejar un auto y evitar daños, con el propósito de disminuir la incidencia de fatalidades y aumentar el sentido de responsabilidad de los conductores.
Pero nuestro sistema educativo, desde la primaria, es deficiente y no forma el hábito del estudio. Con excepciones, la mayoría de planteles se satisfacen con que el estudiante obtenga la nota mínima requerida para aprobar un curso.
Por tanto, no extraña que la enseñanza del automovilismo siga un patrón similar. Recuerde que manejar parece fácil, pero que saber manejar bien requiere instrucción, práctica y evaluación. Y si bien es un proceso complejo, el esfuerzo se compensa al elevar la probabilidad de que el conductor tenga tranquilidad, solvencia, libertad y mejores perspectivas de sobrevivencia.
| Otros artículos en esta sección | |